Sentirse solo no es lo mismo que estar solo

La soledad se define como la ausencia de compañía. El querer estar solo, aun cuando deseen la compañía de uno, es un derecho asertivo que la persona puede ejercer siempre que lo necesite, por voluntad propia para buscar su tiempo y espacio de manera individual y solitaria.

Entendido de esta manera, no tiene por qué suponer un problema, ya que la persona no se siente aislada ni implica ningún deterioro para nuestra autoestima. Simplemente la persona utiliza su tiempo y espacio para ella misma y su disfrute, pero sin renunciar a sus momentos de interacción con el mundo, es decir, se decide estar solo pero no sentirse solo.

Saber estar solo y disfrutar de la soledad es fundamental para tener una sana autoestima, ya que la forma de relacionarnos con el mundo no será desde la necesidad y la imposibilidad de estar en continua compañía, con la falsa creencia de que, si no tengo la aprobación o la protección de los demás, por uno mismo no se es nada o no se consigue nada.

De sentir esta errónea creencia, esta circunstancia nos puede generar el ser dependientes emocionalmente y nos va a incrementar niveles de ansiedad cuando nos encontremos solos porque no tengamos pareja o no estemos continuamente con otras personas en nuestro día a día.

Por ello es tan importante saber estar solo y disfrutar de la compañía de los demás, pero otorgándonos esos momentos de privacidad para encontrarnos, conectar o permitirnos parar en el vertiginoso ritmo que la sociedad nos exige, encontrando espacios para la reflexión y el conocernos mejor. El concedernos estos espacios nos puede permitir incrementar nuestra autoestima y la confianza en nosotros mismos.

Sentirse solo puede afectar a la salud mental

Tener la sensación de sentirse solo, a largo plazo puede afectar a nuestra salud mental. Interpretar que el estar solo es algo desagradable puede generarnos inseguridades y miedos por creernos incapaces de poder vivir solos, perder la confianza en uno mismo, dudar sobre nuestras decisiones…

Cuando la soledad se prolonga en el tiempo, las emociones negativas (tristeza, desesperanza, enfado…) son más intensas y nos pueden llevar a un estado depresivo o incluso ansioso. Ante esta situación, la soledad genera una activación biológica que la mente interpreta como amenaza y despierta miedo que impide relacionarse con el entorno, lo que lleva a evitar y aumentar el sentimiento de soledad además de generar otras emociones como la frustración.

El problema puede venir cuando, sin darnos cuenta, utilizamos la soledad como forma de evitación y desconexión del mundo por estos miedos, inseguridades o apatía, ya que la soledad se convierte en un sentimiento más profundo y con mayor significado de sentirse desconectado, vacío, aislado, incomprendido o incluso abandonado o rechazado, pero a su vez nos da la ganancia secundaria de evitar afrontar situaciones que pueden ser difíciles y producir trastorno de ansiedad, sin darnos cuenta que dicha soledad también nos puede alimentar la ansiedad.

Por ello, cuando tenemos el sentimiento de soledad hay que estar muy atento a por qué nos sentimos así o qué nos ha llevado a estar en esa circunstancia, ya que no significa que estemos solos físicamente, pero nuestro malestar emocional puede aumentar viéndose afectado nuestro estado de ánimo.

Por otro lado, si nos consideramos personas solitarias, introvertidas o tímidas y no buscamos la interacción con el entorno, puede llegar a suponer un problema de otra índole, ya que por naturaleza somos seres sociales y si no nos consideramos como tales, vamos a perder parte de la estimulación social que necesitamos para vivir y vamos a tener carencias de habilidades sociales que nos lleven a afrontar situaciones y circunstancias de la vida de forma inadecuada lo que nos puede suponer una afectación a nuestra autoestima, además de generarnos también estados de ansiedad.

Y, por consiguiente, cuando verdaderamente necesitemos la calidez en las relaciones interpersonales, pedir ayuda, buscar apoyo, etc., no vamos a saber cómo hacerlo, lo que puede traer como efecto que los demás no adivinen nuestros deseos o necesidades y se confirme nuestra creencia inicial de que es mejor que estemos solos porque el mundo es egoísta y no interesamos a nadie.

Con todos estos enfoques, podemos definir la soledad como estado emocional de diferente manera, en función de por qué la persona siente dicha soledad. Pero tenemos claro que el sentimiento de soledad es perjudicial para nuestra estabilidad emocional si se prolonga en el tiempo.

La importancia de relacionarnos con los demás

Es necesario mantenerse conectado con el mundo, tener perspectivas y proyectos vitales realistas y un buen entrenamiento en habilidades sociales para relacionarnos de forma sana con el mundo.

Como estrategias de afrontamiento y crecimiento personal debemos identificar qué significa para uno estar solo y ver la causa que nos ha llevado a encontrarnos en esa soledad perjudicial.

En muchas ocasiones nos hacemos preguntas inexactas ya que las focalizamos solo en el malestar emocional, en buscar la solución y no en identificar el verdadero problema. Por ejemplo, si hemos perdido a nuestra pareja, podemos caer en el error de creer que me siento solo porque no tengo pareja, aunque la verdadera razón es que no tener pareja me hace sentir solo y esto no lo soporto. Esto puede ser por numerosas razones que tenemos aprendidas, como, por ejemplo: “a tu edad va a ser difícil que encuentres a alguien”, “el perder a tu pareja te hace sentir fracasado y ser incapaz de poder llevar tu vida en solitario” o “qué va a ser de ti sin…”.

El papel de las emociones en el sentimiento de soledad

Por otro lado, nuestros pensamientos se hacen potentes y tienen mucho poder ocupando mucho espacio y tiempo, alimentando emociones negativas que incrementan mucho más nuestro sentimiento de soledad. Aceptar nuestras emociones y no juzgarlas es importante, y cuestionar nuestros pensamientos y darles otras interpretaciones nos puede ayudar a romper el círculo en el que nos vemos inmersos cuando nos sentimos solos.

Entender que en algún momento de nuestra vida nos podemos sentir solos, incomprendidos e ignorados y normalizarlo, no es tan grave. No hay que estar constantemente contentos o felices, ni ser siempre el apoyo de los demás o ser resolutivos y eficaces.

Hay veces que podemos sentirnos desvalidos o también podemos necesitar de los demás y esto es lo que nos hace ser humanos. Tenemos derecho a sentirnos tristes y sobreponernos a la adversidad para recuperar el impulso y seguir avanzando. Lo que tenemos que controlar es que esta sensación no se alargue en el tiempo para que no interfiera en nuestro estado anímico y nos provoque mayor afectación.

Aprender que las emociones tienen una intensidad y duración en el tiempo y no duran para siempre es útil e importante. Aprender a convivir con nuestras emociones de esta manera nos enseña a no resistirnos y resignarnos y sí afrontar y resolver la situación.

La soledad se combate con activación y movimiento y saliendo al mundo, no escondiéndonos de él: crear rutinas, hacer ejercicio físico, buscar intereses y hobbies nos va a hacer conectar con personas y relacionarnos con el mundo además de crecer y enriquecernos más en él.

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La soledad en la pandemia

El tiempo que hemos pasado de pandemia ha podido suponer un escudo de protección para muchas personas que sentían este miedo a relacionarse con el mundo y les ha servido para esconderse, suponiendo un vértigo más grande a la hora de volver a él e incrementando mucho más los niveles de ansiedad añadidos por la inseguridad de la situación.

Pero, por otro lado, el aislamiento y las distancias sociales que como medida de protección esta pandemia nos ha obligado a tener, ha hecho que muchas personas hayan visto reducidas sus interacciones e incluso han podido perder a sus seres queridos, teniéndose que enfrentar a la soledad no buscada voluntariamente, sino encontrada obligatoriamente. Y ello les ha podido incrementar el sentimiento de soledad sin, a priori, posibilidad de encontrar una solución amable a su situación generando aún más la sensación de vacío.

Es por ello importante permitirse sentir y validar estos sentimientos, pero tratar de buscar opciones e incluso recurrir a ayuda profesional que le haga de nuevo volver a recuperar sus expectativas y enseñarles a encontrar de nuevo la forma de vivir su nueva vida.

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