Cómo manejar nuestras emociones sin que nos desborden

El ser humano, por su naturaleza biológica, psicológica y social, es un ser emocional. Las emociones son respuestas psicofisiológicas a ciertos estímulos, y son necesarias para un buen desarrollo del ser humano.

A veces pesamos que las emociones son malas, sobre todo las negativas, que no deberían existir, que no sirven de nada… pero lo cierto es que sin ellas no procesaríamos ni superaríamos las distintas situaciones que vivimos en la vida. De hecho, se trata de un mito muy generalizado y que tiene gran cantidad de consecuencias negativas por la represión que ha supuesto a lo largo de muchos años y que nos ha enseñado a acallarlas, incluso para nosotros mismos.

Tipos de emociones

Las emociones se dividen en primarias y secundarias:

  1. Las primarias son aquellas que vamos a sentir casi todos en la misma situación, estamos predispuestos para ello y nos ayudan a prepararnos para la acción. Por ejemplo, si viésemos a alguien que se acerca a nosotros con una pistola, sentiríamos miedo gracias a que nuestro cerebro interpretaría la situación como peligrosa.
  2. Las secundarias son aquellas más personalizadas, por decirlo de alguna forma, que difieren en cuanto a lo que las causa para cada uno de nosotros: lo que nos pone tristes o alegres, lo que nos enfada o nos pone nerviosos, etc.

Las emociones no deben juzgarse, aunque con gran frecuencia no entendamos por qué nos sentimos de una determinada manera o pensemos que “no tenemos motivo” para sentirnos así. No juzgarlas significa no criticarnos, significa entender qué hay detrás de ellas, ya que esto depende de nuestra historia personal. De la misma manera, no juzgarlas no significa que les demos rienda suelta y dejemos que controlen nuestra conducta, pensamientos o se retroalimenten.

Canales por los que se manifiestan las emociones

Acabamos de anticipar los tres canales por los que se manifiesta una emoción:

  • Pensamiento
  • Sensación (respuesta fisiológica)
  • Conducta

Por tanto, manejar nuestras emociones implica aprender a manejar las manifestaciones en estos tres canales. Esto, que debería ser básico y automático, con frecuencia no lo hemos aprendido, generalmente por los mitos a los que hacíamos mención anteriormente, ya que o no se tenían en cuenta o tampoco nos centrábamos en atenderlas.

La clave, por tanto, no es controlar o reprimir, sino regular, esto es, saber en qué momento, con qué propósito, de qué modo y con quién debemos emocionarnos, así como la manera en que cada uno de nosotros podemos canalizarlas.

Cómo manejar nuestras emociones sin que nos desborden

¿Qué podemos hacer para manejar las emociones?

Lo primero que podemos hacer para manejar las emociones es conocerlas, sentirlas y no censurarlas; identificar cuándo se producen para saber qué vivencias nos afectan y de qué manera lo hacen, ya que tenemos canales emocionales habituales, es decir, unos tendemos más a enfadarnos pero pocas veces nos entristecemos, o a la inversa, o sentimos con frecuencia culpa, vergüenza… esto se va a deber, entre otros factores, a nuestras vivencias, nuestra historia de vida, que va a condicionarlas en gran medida.

Es muy importante diferenciar esos tres canales:

  • Saber de qué manera nos comportamos si estamos tristes o enfadados, las consecuencias que este comportamiento puede tener en nosotros y en los demás y qué estrategias nos ayudan a manejarlo.
  • Qué pensamientos pasan por nuestra cabeza, si les damos demasiadas vueltas, si anticipamos, si somos muy pesimistas, si pensamos que siempre están en nuestra contra… estos pensamientos van a hacer que se refuerce nuestro malestar si nos dejamos llevar por ellos.
  • Y el último canal, el fisiológico, si tenemos un nudo en el estómago, palpitaciones, si sentimos presión en el pecho, se nos cae el pelo, etc.

Algo fundamental en este proceso es aprender a manejarlas, y algo imprescindible para ello es saber qué hacemos cuando aparecen, valorar si son conductas sanas o por el contrario no van a ser ni útiles ni adaptativas, aunque nos ayude a liberar el malestar.

A veces consumimos alcohol o alguna otra droga para canalizarlo, comemos en exceso, dejamos de hablar, miramos para otro lado, culpamos a los demás, nos ponemos hostiles… y además normalizamos estas conductas en base a lo mal que nos sentimos. Evidentemente, aunque esto nos ayude en el momento a sentirnos mejor, no nos va a ayudar a resolver, por tanto, no se considerarían las más adecuadas, y nunca hay que justificarlas.

Entonces, ¿qué hacemos?, los recursos que a cada uno le van a ayudar difieren de los que van a ayudar a otro, pero es fundamental saber cuáles van a ser los nuestros, al igual que sabemos qué numero marcar si vemos un atraco o un incendio, o si tenemos que pedir una cita médica.

Para averiguar qué nos puede ayudar podemos pensar en aquellas cosas que nos gusta hacer, lo que nos ha ayudado en otras ocasiones o lo que ayuda a los demás e ir probando, no hay un recurso único, y su eficacia va a depender de cómo nos encontremos y de la disponibilidad de ellos, por eso cuanto más simples sean mejor.

Recursos para controlar las emociones

Como ya dijimos anteriormente, los recursos para manejar las emociones no son universales, pero existen algunos ejemplos recomendados que podemos probar:

  • Técnicas de relajación
  • Cuidarnos y hacer deporte
  • Respiraciones
  • Leer
  • Darse un baño o una ducha
  • Salir con amigos
  • Aumentar las actividades placenteras
  • Aprender a disfrutar de las pequeñas cosas de la vida
  • Proponernos objetivos que nos ilusionen y sean fáciles de cumplir
  • Usar un lenguaje positivo y optimista
  • No exigirnos más de lo que realmente podemos
  • Ser tolerantes con nosotros y con los demás
  • Aprender a pensar en otras cosas y distraernos
  • Actividades mecánicas
  • Tareas cognitivas

Existen muchas cosas que podemos hacer para controlar nuestras emociones, pero lo más importante es saber que las emociones no son enemigas, sino que debemos dejar que sigan su curso y compartir con los demás lo que nos sucede, sin que se convierta en nuestro único foco de atención.

Cuando el malestar provenga de un problema que haya que solucionar, lo haremos después de haber usado el recurso correspondiente y habernos sentido mejor para poder pensar con claridad, nunca enviaremos dicho problema al olvido por el hecho de que ya no nos afecte, ya que convertiríamos este circuito en algo cíclico.

Concepción Hernández

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