La disciplina positiva

¿Qué es la disciplina positiva?

Ejercer la disciplina positiva se entiende como responsabilidad de las familias, de los padres y/o madres en primera instancia. No obstante, todos los padres, madres y familias requieren apoyos para desarrollar adecuadamente sus responsabilidades parentales. A continuación desarrollaremos ambas ideas: la disciplina como responsabilidad de las familias y como responsabilidad social.

¿Es la disciplina positiva responsabilidad de los padres, madres y cuidadores directos?

La disciplina positiva se refiere al comportamiento de los padres, madres o cuidadores principales fundamentado en el interés superior del niño, que cuida, desarrolla sus capacidades, no emplea la violencia, ofrece reconocimiento y orientación y establece límites que permitan el pleno desarrollo del niño.

El objetivo de la tarea de ser padres y/o madres es el de promover relaciones positivas entre progenitores e hijos, fundadas en el ejercicio de la responsabilidad parental, para garantizar los derechos y optimizar el desarrollo potencial del menor y su bienestar.

En la sociedad actual tanto padres y madres como hijos e hijas son protagonistas en el proceso de adquisición y construcción de normas y valores mediante la adaptación mutua, la acomodación y la negociación, llevadas a cabo durante sus interacciones diarias.

La socialización ya no se concibe como una tarea exclusiva de los adultos significativos que modelan la conducta de los menores trasmitiendo creencias, valores y normas que éstos tienen que interiorizar, con eso sólo se perpetúan los valores y normas anteriores y no se propiciarían procesos de cambio para adecuarse a las nuevas realidades y necesidades sociales.

Así, en este modelo se presta la máxima importancia a la contribución progresiva que tienen los hijos y las hijas al proceso de socialización, así como a la construcción y colaboración mutua que se va creando entre unos y otros.

La cuestión clave no es si los padres deben ejercer la autoridad para que los hijos obedezcan, sino cómo ejercerla de modo responsable para que se preserven los derechos de los hijos e hijas, se fomenten sus capacidades críticas y de participación en el proceso de socialización y se promueva progresivamente su autonomía e implicación productiva en la vida social.

Existen una serie de principios de actuación que forman el ejercicio de la parentalidad positiva y responsable (Rodrigo y Palacios, 1998):

  • Vínculos afectivos cálidos, protectores y estables para que los menores se sientan queridos. Ello supone la expresión continua de afecto ajustando el modo a cada edad.
  • Entorno estructurado que proporciona modelo, guía y supervisión para que se aprendan las normas y valores. Ello supone el establecimiento de rutinas y hábitos para la organización de las actividades cotidianas donde se llevan a cabo estos aprendizajes.
  • Estimulación y apoyo al aprendizaje diario y escolar para el fomento de la motivación y de sus capacidades. Ello supone la observación de las características y habilidades de cada niño y niña y la estimulación y apoyo en sus aprendizajes, así como el tener en cuenta sus avances y sus logros. Adaptarse a sus intereses y habilidades.
  • Reconocimiento del valor de los hijos e hijas, mostrar interés por su mundo, validar sus experiencias, implicarse en sus preocupaciones, responder a sus necesidades. Son personas a las que debemos comprender y tener en cuenta sus puntos de vista para que vayan tomando parte activa y responsable en las decisiones de la familia.
  • Capacitación de los hijos e hijas, potenciando su percepción de que son agentes activos, competentes y capaces de cambiar las cosas e influir sobre los demás. Para ello se recomienda crear en la familia espacios de escucha, interpretación y reflexión de los mensajes de la escuela, los iguales, la comunidad, el mundo del ocio y los medios de comunicación.
  • Educación sin violencia, excluyendo toda forma de castigo físico, verbal o psicológico degradante cuando se dan determinadas conductas por considerar que supone una falta de respeto, problemas de autoestima, riesgo a establecer un modelo de relación inadecuado y futuras relaciones de imposición a la fuerza.

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La importancia de la sociedad para educar en positivo

La familia debe concebirse como un sistema dinámico de relaciones interpersonales, enmarcado y abierto a múltiples contextos de influencia que sufren procesos sociales e históricos de cambio. Así, la familia necesita servicios para apoyar su funcionamiento en la sociedad actual.

La gran variedad de formas familiares que conviven en nuestra sociedad y diversidad de culturas, la necesidad de redefinir los roles de género, la existencia de horarios laborales muy extensos en ambos padres que conllevan, en muchos casos, dificultades para acompañar a los menores, la irrupción masiva de los medios audiovisuales en el escenario familiar, la mayor sensibilidad hacia las situaciones de desprotección del menor y de violencia de género, las necesidades de apoyo de las familias en riesgo psicosocial y de aquellas con miembros con discapacidad o en situación de dependencia, entre otras, están afectando a la capacidad de las familias para socializar adecuadamente a los menores a su cargo. Incluso pueden aparecer actitudes de desánimo en muchos padres y madres que perciben una escasa influencia educativa sobre sus hijos e hijas.

La tarea de ser padres y/o madres no se ejerce en un vacío, ni depende exclusivamente de las características de los progenitores. Se ejerce dentro de un espacio ecológico cuya calidad depende de tres tipos de factores: el contexto psicosocial donde vive la familia, las necesidades evolutivo-educativas de los menores y las capacidades de los padres y madres para ejercer la disciplina en positivo. De modo que para entender y valorar cómo se está llevando a cabo dicha tarea es preciso tener en cuenta estos aspectos que contemplan tanto las condiciones del exterior como del interior de la familia.

Contexto psicosocial

Respecto al contexto psicosocial, son aquellas condiciones del entorno familiar que pueden resultar tóxicas o de riesgo para las familias o que, por el contrario, pueden resultar benéficas o protectoras para su buen funcionamiento.

Los factores de riesgo son aquellas condiciones que aumentan la probabilidad de que aparezca una determinada conducta, situación o dificultad que comprometen el ajuste personal y social de las personas.

Los factores de protección son aquellas influencias que modifican la respuesta de una persona ante algún riesgo en una dirección más positiva que la que cabría esperar.

Mientras que los factores de riesgo implican la presencia de estresores que complican la tarea de ser padres, la presencia de factores de protección permite dotar a la familia y a los padres de recursos y capacidades para hacer frente a dichos estresores. A continuación se muestran algunos ejemplos (Catalano, Berglund, Ryan, Lonczak y Hawkins, 2004):

Necesidades evolutivo-educativas de los menores

Existen condiciones de diverso tipo que hacen que los menores deban ser objeto de atención o cuidados específicos. Determinados períodos de edad (por ejemplo entre los 0 y los 3 años o la adolescencia), las condiciones al nacer, problemas en el desarrollo, la presencia de enfermedades o los problemas de salud mental, entre otras, son condiciones que pueden incrementar la vulnerabilidad de los menores y las necesidades que se precisan cubrir para su adecuado desarrollo. Todo ello puede requerir de sus progenitores, ajustes y compensaciones de diverso tipo que modifican el ejercicio de las responsabilidades parentales.

Capacidades parentales

No debemos olvidar que padres, madres y cuidadores también son personas con su propio funcionamiento, aspecto que también influye. Padres y madres con capacidades de observación y reflexión, rigidez a la hora de aplicar pautas educativas, expectativas puestas sobre los menores, priorización de necesidades del menor, implicación y satisfacción con la tarea de ser padres, pareja con acuerdos o desacuerdos en temas educativos, habilidades sociales, capacidad para resolver conflictos y para buscar apoyos, etc. Son aspectos que influirán a la hora de poner en práctica la disciplina.

Los tres tipos de factores anteriores se deben contemplar de manera interactiva para entender el contexto y situación que modela el ejercicio de la disciplina sobre los menores. En resumen, no hay padres y/o madres buenos o malos, sino múltiples ambientes y dinámicas en las que los padres, las madres y/o los cuidadores y cuidadoras construyen su tarea con diversos grados de protección y vulnerabilidad.

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